Eugenio Amézquita Velasco

Las Órdenes Franciscanas recuerdan este 17 de septiembre, la Estigmatización de San Francisco de Asís, es decir, el momento preciso en que las marcas que el mismo Cristo sufrió en manos, pies y costados por la crucifixión, se presentaron en el cuerpo de San Francisco de Asís.

La escena, en el arte: Estigmatización de san Francisco, por Giambattista Tiepolo

Este óleo sobre lienzo, de 278x153 centímetros, fue una obra realizada por Giambattista Tiepolo, artista veneciano nacido en 1696 y fallecido en 1770, en el periodo 1767 a 1769.

En ella se tiene la representación de una escena milagrosa en la vida de san Francisco de Asís ocurrida en 1224 durante la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz.

El Santo, durante un momento en el que se retiró a rezar, recibió de un serafín los estigmas, las mismas heridas sufridas por Cristo en la Cruz. A su lado, un ángel le sostiene para evitar que su cuerpo en éxtasis se desplome. La variedad tonal de los azules utilizados y su contraste con la oscurísima gama cromática empleada tanto en el paisaje como en el hábito del Santo, contribuyen a crear una atmósfera de irrealidad que ensalza el carácter sobrenatural del milagro. Este lienzo forma parte del conjunto realizado para la Iglesia del Convento de San Pascual de Aranjuez. El boceto de esta obra se conserva en las Courtauld Institute Galleries, Londres.
La Estigmatización de San Francisco, hacia 1767, por Tiepolo.

Tiepolo y su obra

Tiepolo fue famoso en toda Europa como fresquista sin rival y espléndido dibujante. Tuvo por primer maestro a Gregorio Lazzarini, que alentaba a sus discípulos a estudiar el arte veneciano del siglo XVI, y también se dejó influir por el tenebrismo de Federico Bencovich y el realismo y la monumentalidad de su gran contemporáneo Giovanni Battista Piazzetta.

 Su primera clientela fue la nobleza veneciana, en particular las familias Cornaro y Dolfin; hacia 1718-1720 pintó para el palacio veneciano Ca' Zenobio una serie de lienzos con la historia de la reina Zenobia, uno de los cuales se encuentra en el Prado.

En 1719 contrajo matrimonio con Cecilia Guardi, que le daría nueve hijos. Muy activo en el Véneto y el norte de Italia, maduró especialmente como fresquista en el arzobispado de Udine (h. 1725-1727) y los palacios Archinto y Dugnani de Milán (h. 1729-1731). Era ya famoso cuando en 1736 el embajador de Suecia le invitó a decorar el Palacio Real de Estocolmo, pero no fue posible, como temía el propio embajador, llegar a un acuerdo sobre la remuneración; entre tanto Tiepolo pintó dos importantes cuadros de altar para ilustres clientes alemanes.

Entre sus obras célebres en Venecia hay que señalar las decoraciones al fresco de las iglesias de Santa María del Rosario para los dominicos (1737-1739) y Santa María de Nazaret para los carmelitas descalzos (1743-1745), así como la del grandioso salón del Palacio Labia con escenas de la historia de Marco Antonio y Cleopatra (h. 1746-1747). A comienzos de la década de 1740 entabló estrecha amistad con Francesco Algarotti, que le pediría pinturas y asesoría artística; los dos eran admiradores del arte de Veronés.

Por las mismas fechas Tiepolo trabajó en dos series de aguafuertes, los "Capricci" y los "Scherzi di fantasia", por las que sus contemporáneos le compararon con Rembrandt y Castiglione; también sus hijos Giovanni Domenico y Lorenzo practicaron el aguafuerte, y el primero en particular fue prolífico grabador. A finales de 1750 Tiepolo se trasladó a Würzburg con Domenico y Lorenzo para decorar la Kaisersaal de la Würzburg Residenz (Alemania) del príncipe-obispo; allí permanecieron tres años, trabajando en lienzos de altar, cuadros de gabinete y sobre todo en el vasto programa de decoración al fresco de su escalera monumental, donde la imaginación heroica del artista alcanzó cotas deslumbrantes.


Tras su regreso a Venecia se anotó nuevos triunfos con la decoración al fresco de la iglesia veneciana de la Piedad en 1754 y de la Villa Valmarana, próxima a Vicenza, en 1757 (donde representó temas de la poesía épica, mientras Domenico pintaba encantadoras escenas de género), y con la enorme y espléndida Santa Tecla de la Catedral de Este en 1759. Llamado a Madrid en 1761 para decorar el salón del trono del Palacio Nuevo, Tiepolo quiso excusarse alegando su edad avanzada y sus numerosos compromisos, pero Carlos III no quería otro artista, y la presión de sus ministros sobre las autoridades venecianas logró cumplir su deseo.

Con el auxilio eficaz de Domenico y Lorenzo, Tiepolo decoró las estancias de aparato del citado palacio entre el verano de 1762 y el invierno de 1766; después, deseando permanecer en la corte de España, aceptó otros encargos reales como pintor de cámara. Cuando murió, a finales de marzo de 1770, estaba diseñando frescos para la cúpula de la colegiata de San Ildefonso en La Granja, proyecto en el que le sucedió Francisco Bayeu (Whistler, C. en Enciclopedia M.N.P., 2006, tomo VI, pp. 2070-2072).

La Estigmatización de San Francisco, hacia 1660, por Mateo Cerezo.
Mateo Cerezo: La estigmatización

Nacido en Burgos, en 1637 y fallecido en Madrid, en 1666; fue hijo de un pintor modesto de igual nombre, aparece en Madrid hacia 1641, entrando en el taller de Carreño de Miranda, de quien pasará a ser uno de los más prometedores discípulos y, probablemente, colaborador en algunos de sus encargos de mayor envergadura en los años en torno a 1645.

Autor de abierta sensibilidad, debió observar y reutilizar cuanto veía en su entorno madrileño y, aunque no consta que trabajara para la corte sensu estricto, es evidente que la frecuentó y tuvo ocasión de estudiar a Van Dyck y a Tiziano y aprovechar, sobre todo en ciertos tipos femeninos y en la técnica -de tan ligera influencia veneciana-, la lección del gran flamenco y del maestro de Cadore. La evolución de su estilo le lleva hacia una transformación de su toque cada vez más claro. Murió en 1666, malográndose con su desaparición un prometedor futuro.

Consta que cultivó el bodegón, con éxito notable. Palomino alude a sus "bodegoncillos" bien conocidos en su tiempo y pintados, dice, "con tan superior excelencia, que ningunos le aventajaron, si es que le igualaron algunos". Los que se conservan en el Museo de Bellas Artes de México D.F. son los únicos firmados y fechados (1664) que de él conocemos, pero su estilo es tan personal, que basándose en ellos se le pueden atribuir otros con cierta seguridad (Luna, J. J.: El bodegón español en el Prado. De Van der Hamen a Goya, Museo Nacional del Prado, 2008, p. 159).

Una de sus obras, la Estigmatización de San Francisco, se ubica hacia 1660, aplicando la técnica del Óleo con soporte en lienzo; sus dimensiones son de 170 cm de alto y un ancho de 110 cm. yfue adquirido a Román Sanz, en 1887. Se encuentra en el Museo del Prado.

La Estigmatización de San Francisco: Obra de Carducho en el Hospital de la Venerable Orden Tercera Franciscana, en Madrid

El Hospital de la Venerable Orden Tercera de San Francisco es el más antiguo en funcionamiento de Madrid, habiéndose celebrado ya el III Centenario de su Fundación.

Hospital de la VOT de San Francisco de Asís, en Madrid, España.
Para conocer bien el Hospital es necesario remontarse a la siguiente reseña histórica:

En el año 1221 nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís predicaba la “penitencia” por Italia.

Después de haberlo hecho en la Villa de Caneiro del Valle de Espoleto, concurrió a su presencia mucha gente, de toda clase y condición y le pedían con verdadera insistencia y lágrimas les recibiese en su compañía, para dedicarse a la penitencia y retiro del mundo.

El Santo Padre Francisco, viendo que estaban resueltos a seguirle, con el fin de sosegarlos y mantenerlos en su fervor, les dijo que todos podían salvarse sin dejar su trabajo, familia y casa y que, en su momento, les daría una forma de vida con la que cada uno en su estado, podría alcanzar sus deseos, haciendo verdadera penitencia de sus culpas.

Guiado de superior impulso compuso la “Regla” que habían de observar. El primero que recibió el hábito de su “Tercera Orden”, fue el matrimonio formado por el beato Luquesio y la Venerable Bonna.

Este, al parecer, fue el principio de la Venerable Orden Tercera de Penitencia, según lo describen historiadores y biógrafos de la Orden Franciscana.

La V.O.T. penetró en todos los reinos del mundo. Entre sus miembros han figurado Pontífices, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Reyes, Príncipes, Aristócratas y gente de humilde condición y clase.

En Madrid se estableció desde tiempo inmemorial, se cree que data desde que San Francisco estuvo en esta Villa, ya que generalmente, al lado de una residencia de Primera Orden, surgía la asociación de hermanos franciscanos seglares.

Tenemos constancia de su actividad en el valioso archivo que esta Orden posee en el hospital, y en 1609 comienzan los libros de actas de sus Consejos.

Hay miles de Franciscanos Seglares de la sociedad de Madrid tales como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Miguel de Cervantes, etc.

Los hermanos de aquellos años, no se contentaron con ayudarse en sus tribulaciones, que eran muchas, tanto espirituales como corporales, sino que hicieron y dieron remedio al dolor y a la enfermedad, no solo de cuantos hermanos lo necesitaran, sino de todos los que a ellos acudían de la Villa de Madrid, y a decir de los testimonios, fueron muy audaces en la empresa, ya que una asociación de tan escasas finanzas fuera capaz de construir obras de tan notable consideración.

Una de las obras ha sido el hospital. El consejo o Discretorio de la Fraternidad, en su sesión ordinaria del 14 de Septiembre de 1678 acordó la construcción de una enfermería para curar a los hermanos pobres que forman la Fraternidad. Por lo tanto este proyecto se comenzó tras haber recibido el 30 de Septiembre de 1673 la conformidad de parte del Rey Carlos II según consta en el Archivo General de Simancas.

En el archivo de esta Fraternidad se conservan cada una de las escrituras de terrenos para la construcción del hospital, que dio comienzo el año 1679 para concluir el 1697 con un coste de 624.000 reales y sus constructores fueron Luis Román y sus hijos Diego y Matías además de Marcos López y Bartolomé Hurtado. El lugar elegido fue el solar de las casas del afamado Don Gil Imón de la Mota en las proximidades de la calle de San Bernabé.

En el año 1865 se efectuaron modificaciones, que afectaron a la zona este del edificio, obra del arquitecto José María Guallart.

El edificio se construyó en torno a un patio central, que da luminosidad a las tres plantas, con las que además del sótano, cuenta este hospital.

Desde un principio se habilitaron salas para el alojamiento de los enfermos, 8 en total que albergaban hasta 200 camas. Cada una de las salas estaba dedicada a un santo relacionado con la Orden Franciscana.

Este hospital fue pionero en el tratamiento de la tuberculosis en España para lo cual se construyó un pabellón especial gracias a las ayudas de Doña Lorenza de Cárdenas. Con posterioridad este centro se ha distinguido en ser de los primeros en radioterapia.

A lo largo de muchos años el quirófano del hospital fue uno de los mejores de Madrid.

La Farmacia es una verdadera joya, por su amplitud y luminosidad, con un botamen antiguo de extraordinario mérito.

Los médicos también lo fueron y lo son verdaderas celebridades en sus especialidades formando también a numerosos estudiantes de medicina.

Las enfermeras, en un principio fueron hermanas de la Orden Franciscana Seglar, en estado de viudas. Posteriormente fueron sustituidas por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul. A partir del año 1919 se incorporaron al centro las actuales hermanas Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor.

Durante su historia, el Hospital se ha visto afectado por varios acontecimientos como la Guerra de la Independencia. Durante este episodio, en el centro se trataron heridos franceses y españoles. Por otro lado los Consejos se celebraban en casas particulares debido a una expresa prohibición gubernamental. Durante esta época desaparecieron el cuadro de Cabezalero que actualmente cuelga en la Capilla, ya que se lo había llevado un general francés y el gran Crucifijo que actualmente se encuentra ubicada a los pues de la iglesia y que fuera donado por el escultor José López en el año 1782.

La Estigmatización de San Francisco, de Vicente Carducho, hacia el siglo XVI.
Pintura localizada en el Hospital de la VOT de San Francisco de Asís, en Madrid
La Guerra Civil Española del 36 fue quizás la que más marcó al hospital. Los bienes de la VOT fueron confiscados en nombre de la Agrupación Socialista Madrileña y su personal instado a abandonar el edificio. Se cambió el nombre del centro por el de “Hospital Municipal de Cirugía”.

El 8 de Noviembre de 1936, oficiales de la Columna de Durruti y por orden de Federica Montseni, trasladan parte de este centro al Hotel Ritz.

El 12 del mismo mes, ante la proximidad de las tropas nacionales, es trasladado el Hospital en pleno al pueblo de Arganda y el 13 de Febrero de 1937 a Loeches.

A pesar de todos estos traslados y gracias a la vigilancia y entrega de varios médicos que ejercieron durante la guerra civil en este hospital, se conservan la casi totalidad de objetos artísticos y sagrados que esta Venerable Orden Tercera posee a lo largo de su historia en la Villa de Madrid.

Se desconoce la fecha de regreso a este edificio debido a que en el archivo desparecieron libros de actas y documentos relacionados con estos hechos.

En los años 50 comienza la transformación del Hospital con la apertura de consultas externas y la construcción de habitaciones individuales. Dicha transformación culmina con la construcción de un aparcamiento subterráneo y de las nuevas consultas, que se concretarán antes del primer semestre de 2012; habiendo pasado por actuaciones de especial envergadura en la nueva zona quirúrgica, en la Unidad de Rehabilitación, en Diagnóstico por Imagen, en las instalaciones de Laboratorio, en cocina y servicios generales, con la creación de la Unidad de Larga Estancia (Hogar Franciscano) y con la profunda remodelación de la planta de hospitalización, así como una completa rehabilitación de nuestro edificio, de suerte que un edificio histórico-artístico del siglo XVII alberga un Hospital del siglo XXI.

Vicente Carducho y su obra

Vicente Carducho o Vincenzo Carduccio - el apellido también se encuentra bajo la forma Carducci-, (Florencia; 1576 o 1578 - Madrid; 1638); pintor y tratadista de arte barroco de origen italiano, cuya actividad artística se desarrolló en España, maestro de pintores como Francisco Fernández, Pedro de Obregón, Francisco Collantes, Bartolomé Román y Félix Castello.

 Aunque nacido en Italia, se traslada muy joven a España siguiendo a su hermano Bartolomé, quien había sido contratado por Felipe II para la magna obra del Monasterio de El Escorial como pintor de frescos y retablos; en su taller aprendió el oficio, impregnándose de su estilo, entre el clasicismo y el manierismo postrenacentista. Tras la realización de diversos trabajos menores para la corte española, su primera gran obra es el retablo Predicación de San Juan Bautista, para el Monasterio de San Francisco de Madrid, de concepción muy atrevida para la época.

 Discípulo y ayudante de su hermano, tras la muerte de éste en 1609 adquiere su misma posición como pintor de cámara del rey, encargándose de la decoración de una galería en el Palacio Real de El Pardo, con cuadros referentes a la hazañas de Aquiles.

 En 1618, y ya como pintor del rey Felipe III, colaboró en el altar mayor del Monasterio de Guadalupe, situado en la provincia extremeña de Cáceres, entonces monasterio de la orden jerónima. Pintó también el retablo mayor del Real Monasterio de la Encarnación, en Madrid, entre 1613 y 1617, presidido por una monumental Anunciación (conservada in situ, aunque el retablo fue modificado posteriormente).

En colaboración con Eugenio Cajés realizó en 1619, por 720 ducados, los tres lienzos que se conservan en la calle derecha del Retablo Mayor de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Algete (Madrid): Nacimiento (que aparece firmado: "Vicentius Carductius p.../fecit. 1619), La Adoración de los Magos y La Ascensión del Señor.

 Carducho debió de ver con suspicacias, cuanto menos, la rápida ascensión en la Corte de un joven pintor procedente de Sevilla: Diego Velázquez, a quien acusó de «sólo saber pintar cabezas», sugiriendo que era incapaz de idear composiciones complejas. Tal vez por esta rivalidad, y con la intervención de Juan Bautista Maíno, el rey Felipe IV convocó en 1627 un concurso entre sus pintores de cámara con el tema La expulsión de los moriscos en 1609. Concurrieron al mismo Velázquez, Angelo Nardi, Eugenio Caxés y el propio Carducho. El premio fue para Velázquez, aunque no se conserva el cuadro con el que ganó, pues resultó destruido en el incendio del Alcázar de Madrid de 1734. Lo único que se conserva de este concurso es un magistral dibujo de Carducho.

 Hasta la llegada de Velázquez, Carducho fue la personalidad más influyente de la escuela madrileña de pintura, exponiendo sus concepciones artísticas en el libro Diálogos de la pintura, su defensa, origen, esencia, definición, modos y diferencias al gran monarcha... Felipe IIII... Síguense a los Diálogos, Informaciones y pareceres en sabor del Arte, escritas por varones insignes en todas letras (Madrid: Fr. Martínez, 1633; hay edición moderna de Calvo Serraller: Madrid: Turner, 1979), donde demuestra la profundidad de su cultura humanística, habiendo leído a tratadistas de arquitectura como Marco Vitruvio, Sebastiano Serlio y Andrea Palladio.

En ese año y por su influencia, consiguió reducir un impuesto sobre pinturas que era una pesada carga sobre los artistas de la época, y cuatro años más tarde logró la supresión total del mismo; poseía una concepción aristocrática del artista, quien a su juicio debía poseer una formación filosófica y humanista, por más que en la época se consideraba al pintor poco menos que a un mayordomo y un trabajador manual.

Fue amigo de Lope de Vega​ y de Luis de Góngora y protegido del Duque de Lerma y, a través de él, de Felipe III, aunque no dejó de irle bien durante el reinado de Felipe IV, de forma que, cuando el valido del monarca, el Conde-Duque de Olivares, impulsó la construcción y decoración del Palacio del Buen Retiro, recibió encargos importantísimos para su Salón de Reinos y fue uno de los más contratados para cantar las gestas bélicas en la Guerra de los Treinta Años. En la década de los treinta pintó, por ejemplo, para el Palacio del Buen Retiro, La victoria de Fleurus, La expugnación de Rheinfelden y El socorro de la plaza de Constanza.

Esta concepción de la pintura como arte liberal y no mecánica le hizo desestimar, al menos cara a la galería, la obra de Caravaggio y los temas de género, aunque es innegable que recibió la influencia de su claroscuro tenebrista.

Además de sus trabajos para la realeza, trabajó para gran cantidad de parroquias y conventos, destacando en esta faceta sus obras para el Monasterio del Paular.

La Estigmatización de San Francisco, por Boldrini, hacia 1530.
San Buenaventura y su Leyenda mayor de San Francisco de Asís: Las sagradas llagas

El doctor de la Iglesia y fraile franvciscano, San Buenaventura, narra en su obra llamada Leyenda Mayor de San Francisco de Asís, la escena de cómo San Francisco de Asís adquirió sus estigmas.

Cita que "era costumbre en el angélico varón Francisco no cesar nunca en la práctica del bien, antes, por el contrario, a semejanza de los espíritus celestiales en la escala de Jacob, o subía hacia Dios o descendía hasta el prójimo. En efecto, había aprendido a distribuir tan prudentemente el tiempo puesto a su disposición para merecer, que parte de él lo empleaba en trabajosas ganancias en favor del prójimo y la otra parte la dedicaba a las tranquilas elevaciones de la contemplación".

"Por eso, después de haberse empeñado en procurar la salvación de los demás según lo exigían las circunstancias de lugares y tiempos, abandonando el bullicio de las turbas, se dirigía a lo más recóndito de la soledad, a un sitio apacible, donde, entregado más libremente al Señor, pudiera sacudir el polvo que tal vez se le hubiera pegado en el trato con los hombres".

"Así, dos años antes de entregar su espíritu a Dios y tras haber sobrellevado tantos trabajos y fatigas, fue conducido, bajo la guía de la divina Providencia, a un monte elevado y solitario llamado Alverna. Allí dio comienzo a la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del arcángel San Miguel, y de pronto se sintió recreado más abundantemente que de ordinario con la dulzura de la divina contemplación; e, inflamado en deseos más ardientes del cielo, comenzó a experimentar en sí un mayor cúmulo de dones y gracias divinas. Se elevaba a lo alto no como curioso escudriñador de la majestad divina para ser oprimido por su gloria, sino como siervo fiel y prudente, que investiga el beneplácito divino, al que deseaba vivamente conformarse en todo".

El Éxtasis de San Francisco. Escena de la Estigmatización, por Paolo Veronese. 
"Conoció por divina inspiración que, abriendo el libro de los santos evangelios, le manifestaría Cristo lo que fuera más acepto a Dios en su persona y en todas sus cosas. Después e una prolongada y fervorosa oración, hizo que su compañero, varón devoto y santo, tomara del altar el libro sagrado de los evangelios y lo abriera tres veces en nombre de la santa Trinidad. Y como en la triple apertura apareciera siempre la pasión del Señor, comprendió el varón lleno de Dios que como había imitado a Cristo en las acciones de su vida, así también debía configurarse con Él en las aflicciones y dolores de la pasión antes de pasar de este mundo".

"Y aunque, por las muchas austeridades de su vida anterior y por haber llevado continuamente la cruz del Señor, estaba ya muy debilitado en su cuerpo, no se intimidó en absoluto, sino que se sintió aún más fuertemente animado para sufrir el martirio. En efecto, en tal grado había prendido en él el incendio incontenible de amor hacia el buen Jesús hasta convertirse en una gran llamarada de fuego, que las aguas torrenciales no serían capaces de extinguir su caridad tan apasionada".

Estigmatización de San Francisco, por Giotto, hacia 1300.
"Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en Aquel que a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo".

"Ante tal aparición quedó lleno de estupor el Santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.

La Estigmatización de San Francisco, por Albretch Altdorfer, hacia 1507.
Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín. Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu. Así sucedió, porque al desaparecer la visión dejó en su corazón un ardor maravilloso, y no fue menos maravillosa la efigie de las señales que imprimió en su carne".

"Así, pues, al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, tal como lo había visto poco antes en la imagen del varón crucificado. Se veían las manos y los pies atravesados en la mitad por los clavos, de tal modo que las cabezas de los clavos estaban en la parte inferior de las manos y en la superior de los pies, mientras que las puntas de los mismos se hallaban al lado contrario. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras en las manos y en los pies; las puntas, formadas de la misma carne y sobresaliendo de ella, aparecían alargadas, retorcidas y como remachadas. Así, también el costado derecho -como si hubiera sido traspasado por una lanza- escondía una roja cicatriz, de la cual manaba frecuentemente sangre sagrada, empapando la túnica y los calzone"s.

La Estigmatización de San Francisco, por Fra Angelico, hacia el siglo XV.
"Viendo el siervo de Cristo que no podían permanecer ocultas a sus compañeros más íntimos aquellas llagas tan claramente impresas en su carne y temeroso, por otra parte, de publicar el secreto del Señor, se vio envuelto en una angustiosa incertidumbre, sin saber a qué atenerse: si manifestar o más bien callar la visión tenida".

"Por eso llamó a algunos de sus hermanos, y, hablándoles en términos generales, les propuso la duda y les pidió consejo. Entonces, uno de los hermanos, Iluminado por gracia y de nombre, comprendiendo que algo muy maravilloso debía de haber visto el Santo, puesto que parecía como fuera de sí por el asombro, le habló de esta manera: «Has de saber, hermano, que los secretos divinos te son manifestados algunas veces no sólo para ti, sino también para provecho de los demás. Por tanto, parece que debes de temer con razón que, si ocultas el don recibido para bien de muchos, seas juzgado digno de reprensión por haber ocultado el talento a ti confiado». Animado el Santo con estas palabras, aunque en otras ocasiones solía decir: Mi secreto para mí, esta vez relató detalladamente -no sin mucho temor- la predicha visión; y añadió que Aquel que se le había aparecido le dijo algunas cosas que jamas mientras viviera revelaría a hombre alguno".

"Se ha de creer, sin duda, que las palabras de aquel serafín celestial aparecido admirablemente en forma de cruz eran tan misteriosas, que tal vez no era lícito comunicarlas a los hombres".

"Después que el verdadero amor de Cristo había transformado en su propia imagen a este amante suyo, terminado el plazo de cuarenta días que se había propuesto pasar en soledad y próxima ya la solemnidad del arcángel Miguel [el 29 de septiembre], bajó del monte el angélico varón Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne. Y como es bueno ocultar el secreto del rey, consciente el Santo de ser depositario de un secreto real, trataba de esconder con toda diligencia aquellas sagradas señales. Pero como también es propio de Dios revelar para su gloria las grandes maravillas que realiza, el mismo Señor que había impreso secretamente aquellas señales, mostró abiertamente por ellas algunos milagros, para que con la evidencia de los signos se hiciera patente la fuerza oculta y maravillosa de aquellas llagas".

"En la provincia de Rieti se había propagado una peste tan devastadora, que arrasaba despiadadamente todo ganado lanar y vacuno, hasta el punto de no poder encontrarse remedio alguno".

"Pero un hombre temeroso de Dios fue advertido por medio de una visión nocturna que se llegase apresuradamente al eremitorio de los hermanos, donde a la sazón moraba Francisco, y que, tomando el agua en que se había lavado las manos y los pies el siervo de Dios, rociase con ella todos los animales".

"Levantándose muy de mañana, se fue a dicho lugar, y, obtenida ocultamente el agua mediante los compañeros del Santo, roció con ella las ovejas y bueyes enfermos. Y ¡oh, maravilla! Tan pronto como el agua, aun en pequeña cantidad, llegaba a tocar a los animales enfermos y postrados en tierra, se levantaban al punto, recobrando el vigor de antes, y, como si no hubiesen sufrido mal alguno, corrían a pastar en los campos".

"Así, resultó que, por el admirable poder de aquella agua que había tocado las sagradas llagas, cesara del todo la plaga y huyera de los rebaños la mortífera peste".

"Antes de la permanencia del Santo en el monte Alverna, solía suceder que una nube formada cerca del mismo monte desencadenaba en las cercanías tan violenta tempestad de granizo, que devastaba periódicamente los frutos de la tierra. Pero después de aquella feliz aparición cesó el granizo, no sin admiración de los habitantes del lugar, de modo que el mismo cielo, serenando su rostro como no era costumbre, ponía de manifiesto la excelencia de aquella celeste visión y el poder de las llagas que allí fueron impresas".

"Sucedió también que, caminando el Santo durante el invierno montado en el jumentillo de un hombre pobre a causa de la debilidad del cuerpo y de la aspereza de los senderos, hubo de pernoctar al cobijo de la prominencia de una roca para evitar de algún modo las incomodidades de la nieve y de la noche, que se le echaban encima y le impedían llegar al lugar del albergue".

"Notando el santo varón que el hombre que le acompañaba se revolvía de una parte a otra murmurando quedamente con quejumbrosos gemidos, como quien mal abrigado no podía estar quieto a causa de la atrocidad del frío, encendido en el fervor del amor divino, extendió su mano y le tocó con ella. ¡Cosa admirable! De repente, al contacto de aquella mano sagrada, que portaba en sí el fuego recibido de la brasa del serafín, huyó todo frío y se vio envuelto en tanto calor, dentro y fuera, como si lo hubiese invadido una bocanada salida del respiradero de un horno. Porque, confortado al instante en el alma y en el cuerpo, durmió hasta el amanecer tan suavemente entre piedras y nieve como jamás había descansado en su propio lecho, según el mismo declaraba más tarde".

"Consta, pues, con pruebas ciertas que las sagradas llagas fueron impresas por el poder de Aquel que, mediante el amor seráfico, limpia, ilumina e inflama, puesto que dichas llagas con admirable eficacia contribuyeron a dar salud a los animales, limpiándolos de la peste; devolvieron la serenidad del cielo, ahuyentando la tormenta, y prestaron calor a los cuerpos, ateridos por el frío. Todo esto se puso de manifiesto con más evidentes prodigios después de la muerte del Santo, como se anotará más tarde en su debido lugar".

"Por más diligencia que ponía el Santo en tener oculto el tesoro encontrado en el campo, no pudo evitar que algunos llegaran a ver las llagas de sus manos y pies, no obstante llevar casi siempre cubiertas las manos y andar desde entonces con los pies calzados".

"Muchos hermanos vieron las llagas durante la vida del Santo; y aunque por su santidad relevante eran dignos de todo crédito, sin embargo, para eliminar toda posible duda, afirmaron bajo juramento, con las manos puestas sobre los evangelios, ser verdad que las habían visto".

"Las vieron también algunos cardenales que gozaban de especial intimidad con el Santo, los cuales, consignando con toda veracidad el hecho, enaltecieron dichas sagradas llagas en prosa, en himnos y antífonas que compusieron en honor del siervo de Dios, y tanto de palabra como por escrito dieron testimonio de la verdad".

"Asimismo, el sumo pontífice señor Alejandro, una vez que predicaba al pueblo en presencia de muchos hermanos -entre ellos me encontraba yo-, afirmó haber visto con sus propios ojos las sagradas llagas mientras vivía aún el Santo".

"Las vieron, con ocasión de su muerte, más de cincuenta hermanos, y la virgen devotísima de Dios Clara, junto con sus hermanas de comunidad y un grupo incontable de seglares, muchos de los cuales -como se dirá en su lugar-, movidos por la devoción y el afecto, llegaron a besar y tocar con sus propias manos las llagas para confirmación testimonial".

"En cuanto a la llaga del costado, la ocultó tan sigilosamente el Santo, que nadie pudo verla mientras él vivió, si no era de manera furtiva. Así sucedió cuando un hermano que solía atenderle con gran solicitud le indujo con piadosa cautela a quitarse la túnica para sacudirla; entonces miró atentamente y le vio la llaga, incluso llegó a tocarla aplicando rápidamente tres dedos. De este modo pudo percibir no sólo con el tacto, sino también con la vista, la magnitud de la herida".

"Valiéndose de parecida estratagema, la vio también aquel hermano que a la sazón era su vicario".

"En otra ocasión, uno de los compañeros del Santo, hombre de extraordinaria simplicidad, al frotarle, por causa de la enfermedad, la espalda dolorida, extendió la mano por debajo de la capucha, y casualmente la deslizó hasta la sagrada llaga, produciéndole un intenso dolor. A raíz de esto llevó unos calzones que le llegaban hasta el arranque de los brazos, para cubrir así la llaga del costado".

"Asimismo, los hermanos que lavaban la ropa del Santo o sacudían a su tiempo la túnica porque las encontraban con algunas manchas de sangre, llegaron a conocer palpablemente por estos signos evidentes la existencia de la sagrada llaga, que después, al ser amortajado el cadáver del Santo, contemplaron y veneraron".

"¡Ea, pues, valerosísimo caballero de Cristo, empuña las armas del muy invicto capitán! Defendido con ellas de modo tan insigne, vencerás a todos los adversarios. ¡Enarbola el estandarte del Rey altísimo, a cuya vista cobren valor los combatientes todos del ejército divino! ¡Ostenta el sello del sumo pontífice Cristo, con el que todos reconozcan como irreprensibles y auténticas tus palabras y tus hechos! Por las marcas del Señor Jesús que llevas en tu cuerpo, nadie debe serte molesto, antes bien todo siervo de Cristo está obligado a profesarte singular afecto y devoción".

"Estas señales evidentísimas, que han sido comprobadas no justamente por dos o tres testigos, sino superabundantemente por muchísimos, hacen que las manifestaciones de Dios en ti y por ti sean tan dignas de crédito, que quitan a los incrédulos la más leve excusa, mientras los creyentes se afianzan en la fe, se elevan con una fundada esperanza y se inflaman en el fuego de la caridad".

"Ya se ha cumplido verdaderamente aquella primera visión en que contemplaste cómo llegarías a ser caudillo en la milicia de Cristo y se te aseguró que serías decorado con armas celestes selladas con la insignia de la cruz".

"Ya puede tenerse por verdadera, sin ningún género de duda, aquella visión del Crucificado que tuviste al principio de tu conversión, y que traspasó tu alma con la espada de una dolorosa compasión, así como también aquella voz que escuchaste, procedente de la cruz como del trono sublime de Cristo y de su secreto propiciatorio, según tú mismo lo afirmaste con tus sagradas palabras".

"Ya también se puede creer y asegurar con certeza que no fueron puras visiones imaginarias, sino verdaderas revelaciones del cielo, aquellos hechos acaecidos durante el desarrollo de tu conversión: la cruz que el hermano Silvestre vio salir prodigiosamente de tu boca; las espadas en forma de cruz que vio atravesar tu cuerpo el santo hermano Pacífico, y tu misma aparición en figura de cruz elevada en el aire cuando San Antonio predicaba acerca del título de la cruz, conforme a la visión tenida por el angélico varón Monaldo".

"Ya por fin, hacia los últimos días de tu vida, el habérsete mostrado en una misma visión la sublime imagen del Serafín y la humilde efigie del Crucificado, que te abrasó en el interior y te signó al exterior como a otro ángel que sube del oriente para que lleves en ti el sello de Dios vivo: todo ello corrobora más y más la fe en las cosas antes referidas y, a su vez, recibe de éstas un testimonio de su veracidad".

"He aquí las siete maravillosas apariciones de la cruz de Cristo verificadas en ti y en torno a tu persona y mostradas según el orden cronológico. A través de las seis primeras, como por otras tantas gradas, llegaste a la séptima, donde hallarías finalmente reposo. En efecto, la cruz de Cristo, que en los inicios de tu conversión te fue propuesta y que tú asumiste; esa cruz que después a lo largo de tu existencia llevaste continuamente en ti con una vida santísima y la mostraste para ejemplo de los demás, deja entrever con tal claridad y certeza el hecho de haber tú alcanzado finalmente el ápice de la perfección evangélica, que ninguna persona verdaderamente devota puede rechazar esta demostración de la sabiduría cristiana esculpida en el polvo de tu carne, ningún verdadero fiel la puede impugnar, ni despreciarla ninguno que sea verdaderamente humilde, porque se trata de una demostración expresada por el mismo Dios, y digna, por tanto, de ser plenamente aceptada".